La única libertad de la consciencia es poder elegir dónde centrar la atención. 

Decimos que los seres humanos somos la única especie en el Planeta que tiene la capacidad de la inteligencia. Sin embargo, este don, que nos parece tan útil e importante, también nos juega malas pasadas. La mente también nos
lleva a esconder y a no querer ver determinadas situaciones en nuestra vida, especialmente las que tienen que ver con las emociones.
Pensamos que la mente nos puede llevar a donde queramos, guiar nuestras vidas, pero tenemos que saber manejarla y hacerle caso sólo en lo que interesa.

Para este tipo de situaciones, tenemos un recurso al que no siempre hacemos todo el caso que deberíamos: el dolor. El dolor focaliza nuestra atención, y por lo tanto nos hace conscientes de que hay algo que no funciona. El hecho de que algo nos duela, nos pide urgentemente una solución, ya que resulta tan incómodo que no nos permite seguir con nuestro día a día. Desde esta interpretación, se llega incluso a darle la bienvenida, porque más allá de tomarlo como un problema, podemos verlo como un aviso, una señal, una oportunidad para sanar algo que de otro modo no podríamos hacer.

Por lo tanto, no deberíamos tratar el dolor como un problema en sí mismo, sino seguirle el rastro hasta encontrar qué es lo que nos está queriendo decir. Todas aquellas terapias que se basen en ocultar el dolor (por ejemplo, bajar la fiebre como objetivo, sin buscar su origen) no harán otra cosa que aplazar la aparición de la enfermedad para otro momento, porque ésta seguirá latente en nuestro cuerpo.

El dolor nos hace conscientes, nos llama la atención. Este aumento de atención consciente-inconsciente es el que origina el desbloqueo de la función físico-psíquica. Y si de forma sistemática nos dedicamos a ignorarlo, ocultándolo con medicamentos, cada vez se manifestará con más fuerza. Llegará un momento en que lo haga con la fuerza necesaria como para que reaccionemos en el sentido que nos está pidiendo: buscar el origen profundo, el significado, la causa.

Por eso, desde la TNDR se busca no sólo aliviar el dolor (que también), sino poner de manifiesto al paciente cuál es la función físico-psíquica que está alterada, para que, haciéndose cargo de sus emociones, pueda solventar la dolencia que le afecta, apoyado por el masaje.  

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